”y yo te enviaba palomas,
palabras que se escapaban.......”
Carlos Moyano del Barco
Semblanza
Todo comenzó esa mañana en San Francisco del Monte de Oro. Por sus calles de tierra y a caballo, una pareja lleva su niño a la Santa Cruz del Agua para incorporarlo a la grey católica en nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo.
El calor es sofocante, sólo el Zonda pone música en el aire ese veintidós de noviembre de 1936. Zumban los moscardones desde hora temprana, las cigarras acompañan la cabalgata que encabeza el abuelo paterno, diputado del Departamento y siguen calesas con parientes y amigos. De la fronda que circunda el valle, llega el rumor de la naturaleza elaborando la vida a borbotones en esas colinas redondeadas, magníficamente esculpidas por el viento que ese día viene del norte cargado de calor y lanzando hacia el pueblo un olor suave, un perfume alado.
A los festejos llegaron los López, Vallejos, Villegas, Ojeda, Gutiérrez, Pereira, Aostri, Guiñazú, el compadre Yaluca y parientes como los Moyano y el tío Torres Ríos. El cura emocionó a todos con el sermón de las campanas.
Ya era un cristiano, un habitante con derechos y obligaciones, aunque estas últimas no las conociera, el tiempo me las enseñaría duramente.
En la fiesta resolvieron pleitos y problemas abstrusos, alabaron al padre y alabaron al hijo, y hoy desde los años vengo y te alabo madre. Añoro las grandes cosas que no me diste por morir tan joven, tan niña Orfelina Chávez, madre mía de ascendencia india.
Luego vino el tiempo del alazán, aquel primer caballo, el río y los cerros que rodean mi valle. La aventura de aprender a nadar en la Quebrada de López, la laguna del Esteco, la de los Gringos y luego el Bajo Chico en San Luis de la Punta de los Venados de Medina del Río Seco.
Allá en el Bajo Chico, en la casa grande con dos patios y una quinta enorme de dos cuadras de largo por una de ancho, comencé a entender los vientos, el sol, la luna, el día, la noche, las estrellas. Recuerdo contemplar el vuelo del pájaro, el galopar del caballo y el jugar de los perros, más no el rostro de mi madre que por estar enferma no me dejaban ver.
En el patio alto de la casa, escuché a mi padre cantar tonadas y cuecas, las que se grabaron en mí, marcando un poco mi destino de enamorado sempiterno de la música y la tierra cuyana. Vinieron las tristezas, la muerte de mi madre, de mi abuelo paterno y de mi hermano menor. El abandono de mi padre que hizo se perdiera la casa grande con su enorme quinta, sus caballos y sus perros. Ya no vería a mi abuela en aquella cocina enorme, parecida a un salón, donde se reunía la familia al calor del horno, en las comidas diarias, donde si no había visitas, preparaba conservas, jaleas, mermeladas, dulces exquisitos que gozábamos nosotros y los amigos de mi padre, que en esa época de opulencia eran muchos. Era cuando mi padre tenía el corazón brillante, el alma joven y la lucha era un rito diario con sabor a trabajo, a pan y futuro. A pesar de sus gestos adustos, no me infundía temor y muy por el contrario un cariño protector, cuando lo acariciaba sentía que la alegría le nacía como el canto del verdor dormido.
Luego los milagros cesaron y mi padre dejó de cantar tonadas. Mamá murió y se llevó el hogar. Éramos niños. ¡Mis hermanos y yo éramos niños! Cómo sostenerlo en su sitio, cómo consolarlo. El no era fuerte, era solamente un hombre más y a su casa, a su campo y hasta su espacio en la sociedad política donde se desenvolvía lo deseaban otros hombres con mujeres y hogar.
Y el niño tuvo que crecer, la vida ya no era un juego, exigía deberes y había que aprenderlos, como el ir a la escuela, hacer los mandados, conocer el llanto, también la alegría mesuradamente.
El primer día de escuela, torturado, lejos de mis amigos diarios, del caballo alazán y mis tres perros, invoqué por primera vez a mi madre en ausencia: ¡Madre ayúdame! Estés donde estés, ¡Madre ayúdame! No me dejes solo.”
Después día tras día y año tras año, con la espada de Dios, me enseñaron; aprendí temeroso a esquivarle a la sal y a la ceniza. Me busqué en lo más profundo, en mis raíces y así un día sembré mi primer verso y este largo soñar inacabable. Por el cielo sanluiseño hay estrellas que navegan la sangre de mí sangre y que a veces fantasmas se parecen que infunden el fuego planetario incitador de este llenar papeles cuando más duro me castiga el Hombre y nace el pedido primero, misterioso: “¡Madre, donde estés, Madre ayúdame!”
A Capilla del Monte
Voy a tratar de asomarme a tu prodigio,
a tus músicas misteriosas,
intentaré ser el pastor nativo,
el que conoció los secretos ancestrales,
el que comulgaba con los pájaros
en esos mediodías de oro acumulado,
el que conversaba con los molles
ornados de pájaros silvestres.
Quiero ser esta noche el endriago
nacido en las grutas minerales,
el canto elemental de Uritorco,
para abrazarte como el hijo puro
que vuelve del antiguo desarraigo,
el susurrante arroyo que circunda,
la orgullosa soledad del páramo,
un sonido tal vez de la montaña.
He venido en nombre de semillas esparcidas,
Romilio Ribero, el cura Ferreira, Enrique Muiño,
quiero ser un varón tallado entre tus piedras,
quiero me adoptes y tutelar me abraces.
Capilla, vengo de lejos,
de otros socavones, de otros misterios
a incorporarme a tu historia,
a tus memorias, a tu pueblo.
La Mujer Callada
No quiero discutir, hoy quiero al viento
trabajando la tierra, la colina,
esculpiendo una mujer perfecta.
Que la modele de contornos suaves,
de largas piernas y figura esbelta;
que trasunte una sutil belleza,
por sobre todo, un arrogante porte.
Ah, si es posible perfile una sonrisa
en el rostro pétreo de mirada al norte.
Sin hablar, estoica, abnegada y sobria,
pasado el tiempo
a la comarca le dará su nombre.
Hasta que un día el cataclismo estalle
y este tesoro por vientos soterrada
esperará otros vientos
para que la desnuden
y así la pueda admirar otro hombre.
Alguna vez
Quisiera saber en donde viven
y que ritmo le han impuesto a sus vidas
esos malevos que yo he visto
jugándose el cuero,
en los piringundines de Villa Mercedes y de San Luis.
Una ofensa casual,
y el aparente pacifico lugar
en donde el Turco, Manino, Barroso, el Chino Sosa,
Secundino, el Gauchón y aquel Caballero Limonta
que le comprara el coche a Gardel,
sentaban sus reales,
se convertía en un remolino de trompadas y cuchillos.
Y en esas manos y en esas dagas
se jugaba un juego fatídico,
sin ganadores,
con perdedores que marcaban fatalmente sus destinos.
Yo también me entreveré alguna vez,
allá, en el barrio norte,
cerca de la estación vieja que ya no existe,
por unos labios pintados rojo triste,
único recuerdo que viene a mí,
salpicado con cerveza negra, fresca,
en una de esas grandes grescas
en el lupanar de la Victoria Cuello.
Y supe así cuál era el premio
de manejar los brazos mejor que mi adversario,
en los cálidos brazos prostituidos,
que olvidando su oficio milenario,
me ofrecieron sus caricias,
vaya a saber si por agradecimiento,
necesidad de comprensión o amor.
Aún veo bailar en el club Pringles
al mejor bailarín que hasta hoy vieron mis ojos:
El Macho Baigorria,
que no era ni malevo ni cafiolo,
laburante,
que el sábado se ponía las pilchas de levante
y era en el tango cuando la dormía
que lo miraban y no estaba solo
Y en el baile del Pollo y en el de Estudiantes,
y en las madrugadas
comiendo una milanesa con huevos
en el bar de los Lucero,
he visto la nocturna figura del malevo
que ya es borrosa
por esa cruel imposición del tiempo.
Ese machismo del que todos hablan,
yo lo he visto jugarse cara a cara
en la búsqueda del hombre,
inútil, fantasiosa.
Niños al fin se quedaron en el tiempo,
no están los mismos,
solo quedan de ellos los abuelos de hoy
que a veces rememoran esas gestas
que a nadie interesan ni molestan.
Yo también como aquellos rememoro
y como viento al fin me iré en viento
y con ellos seré polvo más polvo
sin un tango final para el reencuentro.
Mi Mundo
Tengo un mundo creado por mi,
en él habito,
ahí encuentro mis paisajes,
mis turbulentos amores,
mis sueños afrodisíacos
y bucólicos olores.
Me llueven gotas de sonidos vegetales
que me bañaron desde niño
y el vaticinador me encuentra
en medio de esta creación
de un tiempo lento,
como si fuera un pájaro cansado
que tarda mucho para llegar al nido.
Y me trae un mensaje,
“dice el Señor que no blasfemes,
que no te equivoques
pesas menos que el aire
que ha creado”.
Y después se va,
me deja solo conversando
con un palomo herido
al lado del murmullo de un río
que se lleva mis sueños, mi rostro,
y perfila un sendero.
Otra vez, estoy solo,
musitando poemas,
escalando la cima de todos los encuentros,
navegando los sueños de mi pueblo,
escuchando el mugido de los vientos,
sin que nadie me escuche,
solamente en mi mundo
converso con un dulce jilguero
que como cuando era niño
me ha traído un cuento.
Y me invita a volar y entonces vuelo.
La Soledad
Amor, la soledad es una grieta
en el canto de los pájaros
que en las noches dejan oír sus últimos aleteos
golpeando el espejo donde habita el alma.
Es una suma de viejos olores
que flotan en los recuerdos,
rememorando un tiempo acompañado.
La soledad llega de golpe y nos deja temblando
con el miedo final del ahogado.
Danza de huesos, terrorífica,
remedo triste de aquellas luminosas,
un panal de miel abandonado.
Lloran mis ojos, todo mi cuerpo llora
por una noche de luna, allá en el valle.
Todo fue,
como el agua del río que se evade.
Alguna vez una guitarra,
un poema leído en la montaña,
el aura del calor de las vestales
que entregaban sus frutos,
sus semblantes alegres
y después me dejaban
con mis manos desiertas,
abatidas y graves.
La soledad es el frío.
Ni una llama que arde.
Es la piedra del pórtico
sin mensaje, inmutable.
Ensueño que me faltaba.
Mujer de suma belleza
y de romántica gracia,
que me miraste sonriendo
mientras cantaban la zamba
y yo te enviaba palomas
palabras que se escapaban
Te di mi nombre y el tuyo
bien lo grabé en mi alma
sabiendo te incorporaba,
ensueño que me faltaba,
en un peligro de pasos
bajo el temblor de las aguas.
Yo sé que va a ser difícil
muchacha de la distancia,
cuando pronuncie tu nombre,
lea un poema en voz baja
y que muy solo lo escuche
faltándome tu mirada.
Espero que algún día
sientas muchacha que me amas
y que recites mis versos
que te halaguen mis palabras
que susurrando me digas,
llévame amor a tu casa.
He de ir adonde estés
para oír lo que cantas
para besarte en los ojos
y acariciarte la espalda
para que todos se enteren
que te amo con toda el alma.
Tal vez lloremos un día
y no digamos palabras,
desde el comienzo el destino
ya nos marcó las distancias,
pero aprende mis versos
donde tendrás siempre mi alma.
Madre
Madre, estés donde estés ,
Madre ayudadme.
Nuevamente la espada
y tú no estás.
Ya casi he muerto,
los sueños ya no existen,
solo la carne queda
y la esperanza cierta
de encontrar tu Cielo
y yo no lo merezca.
Madre donde estés
Madre ayudadme,
Llevo un secreto enorme
en medio de mi pecho,
el flujo de mi sangre,
el íntimo retumbo
que niega que estoy muerto.
¿Pero acaso estoy vivo.
si no lucho y no sueño,
aunque sea
con precaria certeza
de que algo comienza?
¿Y si nada comienza,
es acaso el final
y se confirma el sello
de que casi he muerto?
Madre espérame un momento
que ya estoy a tu vera.
Tal vez sea más bello.
Madre espera..espera....
En Playa Salinas
Letra de Carlos A. Moyano del Barco
Música de Carlos Pocho Peralta
La copla que escribo te ruego,
jamás en la vida la eches a rodar,
fue escrita en tierras extrañas,
e n Playa Salinas a orillas del mar.
El sol que acaricia mi frente
me trae un mensaje de yodo y de sal,
y quema mi cuerpo sediento
de besar la tierra del algarrobal.
Muchacha que sabes el ritmo
que sigue mi vida te ofrezco un altar
de conchas, estrellas y arena
que he hecho en la playa de Viña del Mar.
El Andes coloso imponente
por entre vertientes se quiere sangrar
y el sol acaricia mi frente
y lloro a la ausente en gotas de sal.
Las niñas pasan por mi lado,
sonríen sus labios y luego se van
y solo me quedo pensando
soñando tu cuerpo sobre el arenal.
Introducción de una Tonada
La noche viene en silencios
por las neblinas del valle,
y en esta ciudad la espero
en medio de soledades.
El corazón, son antiguo
que se repite en el aire,
y de mis ojos, gotitas
hirientes como cristales.
Ya no volveré a verme
en la acequia de la calle,
con el rostro juvenil
a las cuatro de la tarde.
Por los senderos del viento
los mensajes vegetales
que solo yo los escucho
como si fueran cantares.
Estrellas que hacen el coro
alumbrando pajonales
como preludio, compadre,
de una tonada que nace.
De qué sirven mis poemas
Nos encontramos
cuando el cansancio de los hechos
y comenzamos el amor, el juego,
la necesidad de lo distinto
tal vez justamente por eso.
No nos veremos más,
no es necesario,
ya somos parte del camino,
yo sufrí mil veces recordando momentos
y te he dedicado un puñado de silencios.
No quiero saber qué harás con las noches,
las horas, el tiempo que fue mío,
otro verá en tu pelo un mundo de misterio.
Es una muerte al fin, la muerte mía,
y a pesar de lo inmensa que parece
es una muerte muy pequeña.
Te dolerá el amor cuando comprendas,
cuando regreses tal vez te pongas triste
y acaso ya no esté ni en ti ni en mi la primavera.
Te extrañaré, ahora que no tengo tus ojos,
tus labios, tus caderas,
ahora me doy cuenta
y una tristeza oscura me sube al corazón.
Que inútiles que son estos poemas
si no sirven para decirte amor,
para despertar en tus labios la alegría,
para que tus ojos lloren, para pedir perdón.
Si no puedo andar por la ciudad
caminando el milagro de andar juntos,
de sentir a tu piel aquí, en mi mano,
de mirarte comer, de oír tu risa,
de escuchar tus reproches,
de mirar a los pájaros y al agua,
de tenerte mi niña por las noches.
De qué sirve escribir este poema
si ya no escucharás dulces campanas
y tu voz al decirme adiós no tendrá pena.
¿De qué sirve mi amor decir poemas?
De mi niñez y adolescencia
Pienso en las claras tardes
donde campeaba mi alma,
en la guitarra de rumoroso río
de hispánica visión y señorío,
pienso en tus patios donde el jazmín,
la rosa que se murió de frío
y viene el viento con el sabor del niño
que gustaba ambrosía en las tardes
junto al beso de la abuela, cariñoso, tibio.
Recuerdo y gozo la inmensa alegría
de bañarme en la laguna de Los Gringos
y llenarme de lunas y esperanzas
que nutrieron amores de baldíos.
Llega a mí esa imagen clara
de aquella niña en la misa del domingo,
envuelta en su rebozo blanco
y su sonrisa detrás del abanico.
Veo la plaza de aquellos días,
lugar de encuentros y de mostrar los brillos,
comienzo sano de las heredades
que hoy habitan mi pueblo, San Francisco.
De allí mi madre y mi padre han sido,
de allí el romance que nació una tarde
y que dio fruto con los cuatro niños.
La vida misma del solar antiguo.
Amor Prohibido en la mañana
Me ha llegado tu voz esta mañana,
cual si fuera un clarín de la batalla,
que enfrentaba tu cuerpo con mi cuerpo
en la hora sutil de la escapada,
y tú sabes muy bien que me refiero
a ese tiempo que generoso nos depara
tu simpático esposo y caballero
que se olvida por copas de su dama..
Yo no sé si es cierto que me amas,
cuando dices palabras que me exaltan
pero queda mi cuerpo complacido
y el perfume sutil aquí en mi cama..
Pienso que eres la amante más perfecta,
la sublime obsesión acariciada,
que se llega hasta mí sin exigencias
y me deja su amor en las mañanas.
Cuando concluye el tiempo que tú tienes
y te bates guerrera en retirada
me entregas tus ultimas caricias
y una mirada de sexo coronada.
Me has hecho renunciar a viejos sueños
de vírgenes que solo son fantasmas
y has conseguido que todo lo prohibido
sea el máximo sabor de cuerpo y alma.
Ayer desde el silencio
Ayer desde el silencio
me vino a visitar
el tiempo adolescente
de la mujer que amaba.
El sexo aún latente
parece que esperaba
este reencuentro torpe
de pieles laceradas.
Ni ella ni yo oímos,
no estaban las palabras,
sus ojos y mis ojos,
tiernos se acariciaban.
Unos suspiros tristes
que mojaban las lagrimas.
Parecía que el río
recogía sus aguas.
Por ese laberinto
de infinitas zarzas,
sin duda se quedaron
su amor y mi esperanza.
No quiero averiguarlo,
mejor es no saberlo,
que el misterio se quede
detrás de la montaña.
Ayer, muy quedamente,
me dijo que me amaba,
y se encendió mi cuerpo
pero el ayer no estaba.
Hastío
Creí ser sabio en amores,
pero las rosas más tiernas
me demostraron que el tiempo
no es lo mismo en primavera.
Hoy que me miran mis hijas
como si fuera muy viejo
me di cuenta que el intento,
este de formar pareja,
era un vago remedo
del viento de mis quimeras.
Es muy oscuro y muy gris,
y sin sentido el romance
cuando el alma no sueña
con una piel de violetas.
Cuando ella, la que elegiste,
pretende ser compañera
sin un misterio en la puerta,
sin soles y sin estrellas.
Yo creo tenía razón
cuando dijo que me fuera,
ninguno elevaba al cielo
estandarte con bandera.
Los días se sucedían
gusto a limón con arena,
y aquellas horas felices,
de vino alegre en la mesa
se fueron volviendo torpes
con penas y con más penas.
Tal vez el tiempo le alumbre
camino sin cruces viejas
y yo prosiga el sendero
repleto de llamas nuevas.
No fue en vano el intento
y en mis recuerdos se queda.
Pero es recuerdo nomás
que ya de mi alma se aleja.
Huella para mis nietos
Hoy les quiero contar mis pequeños del alma
que una vez recorrí el camino ancestral
que me dicta la sangre.
Supe azul y verdor comulgar con el sol
y brindar mis poemas al aire.
Quiero sepan mis niños que de joven viajé
territorios de trigo, de silencios de estrellas,
y en la tierra y el cielo
para ustedes dejé mi simiente y mi huella.
Supe amar con pasión
y mi alma fue al son
de los ritmos que dicta la vida.
Ni me quejo ni voy pregonando un dolor.
Hace mucho dejé los caminos tan torpes
que nos marca la envidia.
La venganza ignoré,
y por siempre escuché
la campana sutil de la espiga..
Se las dejo, está ahí, ya marcada la huella,
está un poco en la tierra
y otro poco navegando en el cielo
persiguiendo una estrella.
Niña perdida
Sensible niña que huyes
buscándote en el viento
detente a comer las uvas
de amor que hay en mis sarmientos.
No puedo parral antiguo,
muy rápidos se van mis pasos
por un marcado camino.
Hermosa y celeste niña,
detente que soy tu tiempo,
en cada flor que se abre
muestro por ti lo que siento.
No puedo aunque me tienten
colores iridiscentes
porque mi alma se esconde
detrás de un paisaje verde
que habita un poema escrito
de amor por la misma muerte.
Para enumerar las cosas
Para enumerar las cosas
porque te amo,
no me alcanza el tiempo
ni números tal vez.
¿Como ponerle número
a un gesto, a tu semblante,
a un te amo quedo
en medio del placer,
como decir cuarenta
a tus húmedos labios
recorriendo mi piel,
y veinticuatro o treinta
a tu vientre estirado
que concreta tus sueños
de anhelante mujer.?
A tu sonrisa clara
¿qué número daría?
¿el primero, el segundo,
el tercero o el diez?
Y a la luz de otro día,
al verte allí dormida,
a esa ternura inmensa
que invade mi hombría,
¿qué número daría
para gritar gozoso
que eres mi mujer?
¿Por qué dijiste que me amabas?
Qué distinto sería todo ahora
si no me hubieses jurado que me amabas.
Inventé las flores que dije te gustaban,
recorrí los caminos de los sueños
y escribí poemas y poemas
sobre recovecos de vidas en silencio.
Si solo hubiésemos sido simplemente amantes,
sin eufemismos y sin compromisos,
tiernos cuerpos de sexo sin aviso,
no dolería que cumplieras años
que festejaras y que no estuviera,
que caminaras las calles de esta Córdoba
con tu elegancia agreste
sin que lleves del brazos mi tristeza.
Qué distinto seria todo ahora
sino me hubieras jurado que me amabas.
Nuestros viajes y aquella flor silvestre,
que recogiste en medio de las piedras,
la azucena, recuerdas,
que luego la tiraste para que muriera
en medio de las breñas.
Me entregaste tu amor lleno de gestos
y yo devolví con sueños y poemas
modelando un paisaje con olor
a ciudades cautivantes, a misterios,
a cantos de tonadas, a carne asada,
a noches de risas, de cuentos y de sexo.
Todo está en el abecedario de lo nuestro,
solo aspiro que encuentres nueva lluvia,
la noche sideral de tus cimientos.
Que distinto sería todo ahora
si no me hubieses jurado que me amabas
Romance de la tarde
Te besé nomás a plena luz
donde mismo renacen los frutales
y de la mano bebimos el misterio
que la carne transmite en heredades.
Vimos la flor nacer y el ancho río
que lentamente muere en las ciudades
y creímos en el aire y en septiembre
y en el tibio romance de la tarde.
Escucharás un eco amable,
en la ronda feliz entre los niños,
donde mi sangre mantendrá el mensaje
de las horas de amor que compartimos.
Ahora debo buscarte en los silencios,
fingir que he olvidado que llegaste
y pagar el secuestro de mis sueños
con la vida obsecuente y sin rescate.
Que se quede de azul la ciudad entera,
quiero las sombras para un beso largo,
quiero tu voz y quiero tus caderas,
quiero tus ojos que son dos milagros,
y luego y luego sí, echen arena,
allí donde misma está la llama,
que prefiero morir de primavera
si no puedo vivir con tus campanas.
Poema Inconcluso
Introducción
Zamba (música de Carlos Pocho Peralta
Tus ojos encierran a la mar temprana,
que se divisa debajo de la bruma
y que en un día, como hoy se despertaran,
con la alegría del champán, su espuma.
De mis poemas el cariño mana,
abierto el cielo de flores deshojadas.
Yo no puedo explicar esta mañana
sin tu sexo, tu voz y tu fragancia.
)
La dulce historia de amor
ya se quedó en el ayer
de donde viene el recuerdo
de tiernas miradas con sabor a miel.
Vengo a contarte mi bien
en esta zamba canción
donde grita y no muere
aquel bello sueño de mi corazón.
Ha madurado la flor
y ya ha empezado a caer
la tierra marca su tiempo
llegado el momento no hay amanecer.
Se ha apagado tu voz,
por lo menos para mí,
otro vislumbra el romance
de las dulces horas que fui tan feliz.
Quiero dejarte un adiós
en donde esté lo mejor,
de lo que juntos vivimos,
poema inconcluso que cantó el amor.
Yo he visto las estrellas
(introducción)
Si estoy aquí, tratando de transmitirle a ustedes todos los sueños acumulados en mis poemas, es porque mi vida ha tenido este destino. Cuando era niño, mi padre, en el patio amplio de la casona aquella en el San Luis que ya no existe, en las noches de verano y con luna llena nos llevaba a su lado y nos contaba fantásticas historias mientras nos iba enseñando cosas de la vida y ahuyentándonos temores, fantasmas con los que algún día nos íbamos a enfrentar. Y entre las cosas que contaba, nos hacia mirar a la luna y en sus sombras, descubrir la figura de la Virgen y del Hijo montados en su burrito, y nos decía que desde allá nos miraban a todos, a los buenos y a los malos para que Dios cuando nos fuéramos tuviera claro al separar la maleza del trigo. Nos decía que las estrellas simbolizaban nuestros sueños que serian infinitos a lo largo de esta vida y que por esos cielos navegaba la sangre de nuestros ancestros, y desde entonces es que comulgo con esto de buscar los mensajes, que en mis noches más tristes me envían las estrellas donde Ángeles viven protegiendo los sueños.-
Allí donde los ángeles
escriben sus poemas,
allí también he estado
y he visto las Estrellas,
navegando en cometas
yo he visto a todas ellas.
Yo sé que ustedes dudan,
son hijos de la tierra,
mas no pueden negarme
que he visto las Estrellas.
¿Cuál? ¿Alguna?
¿Aquella que semeja
un tuco entre la hierba?
No traten de engañarme
yo he visto las Estrellas.
Navegando en cometas
yo he visto a todas ellas.
En mi casa paterna,
allá en el Bajo Chico,
la quinta, la alameda,
detrás de aquella rosa
las vi por vez primera;
y desde entonces viven,
aunque nadie lo crea,
contándome sus viajes
las brillantes Estrellas.
¿Ninguna les ha hablado?
¡Lo siento coterráneos
yo hablé con todas ellas!
Tu lejana
Tu lejana, tan solo recuerdo,
ya eres parte del llanto.
El amor descansando sobre
mi corazón empecinado
espera que llegue la mañana,
de las conversaciones simples,
de los proyectos ilusionados
con el último sexo en la cama.
Y los dos sabemos
que nunca ha de llegar,
como tampoco llegará el olvido
de nuestras tempestuosas formas de amar.
Ya no podrá ser,
el llanto derramado dará aroma al ambiente
y misteriosos pájaros blancos
cantarán un delicado adiós al retorno,
a tu perfume dulce de mujer,
a los vientos del amor
a tu esperada voz profunda,
a tus gemidos
y nunca más tu sombra al lado de mi sombra.
Te busco y no te encuentro.
Te busco y no te encuentro.
En los abismos, en los abiertos cielos
donde viven los sueños de la estrella,
en la oscura madriguera del topo,
en la apocalíptica visión de mi destino.
Te busco en el rocío matinal,
en los áridos senderos de la tierra
en el sonido áureo de las campanas
que llaman a los ángeles.
Te busco en el miedo a los endriagos
que crea el sueño del amor desterrado.
Te busco en el terrorífico y oscuro
laberinto, intrincado, indescifrable,
en el que me has abandonado.
La herida no es un cauterio.
Es un golpe torpe para matar,
para desechar mi corazón, mis sueños,
para arrojarlos a la desolación y al extravío.
Te pido lo que quiero
Lo único que ansío es que tus labios
se ajusten a la realidad no al sueño,
se ofrezcan abrasadores y sin miedo
abriéndose al beso como mujer que ama
y que quiere entregarse en ese instante
con su carne, sus sueños y su alma.
Yo no quiero romance de balcones,
de suspiros sin fin y serenatas,
quiero la realidad, la vida,
quiero el abrazo sincero que la pasión desata.
Y luego sí, recitaré poemas,
futuro loco lleno de esperanzas,
y hablaremos del hijo que tendremos
Inciertos sueños que en nosotros vagan.
Malambo
Malambo
vienes del tiempo del viento
enarbolado en moharra.
Tus padres fueron, el trueno,
el tintinear de coscojas,
un duelo gaucho tan solo
admirado por la pampa,
la noche con sus misterios
en el silencio de aves
y el sueño loco de un potro
ferrugiento, devorador de distancias.
Te amamantaron los indios
en sus sucias tolderías
entre vagidos de niños
y sollozar de cautivas,
entre largas boleadoras,
carpiadoras de caminos,
en juicios que fueron jueces
Yanquetuzz, Painé, el Destino,
Tacuaras ensangrentadas
de puntanos fronterizos.
Así naciste en la pampa
medio gaucho, medio indio
y sós símbolo de raza
que se aleja en el polvo
de antiguos recios caminos.
¿En que cita el trueno quiso
conjugarse con la pampa?
¿Qué motivo impulsó al potro
que al galope hizo canción?
¿Y jugándose en qué duelo,
de mudanzas de tu baile,
gaucho - indio fue creador?
Ya te vas, la pampa llama,
volverás, todos te esperan;
nunca tú serás quimera,
sos bravura hecha canción,
duelo gaucho, rebelión
que lleva dentro la tierra Malambo,
Malambo sos.
De mi entender.
Estoy imbuido de mi gente y de mi tierra,
sé y reconozco de las dos sus taras y sus sueños.
Ya no suspiro más por los errores de otros,
me siento en el patio mirando el limonero,
y leyendo el diario, pero en silencio,
pienso, saco conclusiones y ataco al gobierno.
Tímidamente me acerco hasta mi estudio,
a escribir por cierto,
un poema a mi patria y estando en ella
la busco y no la encuentro.
Cuando era niño tenía un caballo alazán,
los demás habrán tenido otros juguetes;
en la adolescencia tuve un amor
y le escribí mis versos.
Me abandonó por otro que la llevó
por juegos más perversos.
Como pueden apreciar
nunca entendí a las mujeres,
sobre todo a las de piernas adjetivas
que me deslumbraron siempre.
Pero quiero aclarar que ellas sí me entendieron,
y mitigaron conmigo sus tedios y sus miedos.
No entendí a los políticos ni ellos me entendieron,
mis sueños se estrellaron contra el brutal dinero.
Tampoco a periodistas, filósofos y altruistas
de las corporaciones que miran la tierra
y descuentan impuestos por aguaitar el cielo,
o los que deletrean miserias para ganar un puesto.
Queridos coterráneos en esta noche quiero
que olvidemos penas y festejemos versos.
Viento Chorrillero
Poema y leyenda creada a los quince años
Primer Premio estudiantes secundarios de Cuyo –Año 1953
Viento Chorrillero,
eres brutal caricia de la sabia naturaleza,
a tu paso tiemblan las piedras de los cerros
y los animales entre la maleza.
Es tu silbo un quejido lejano,
lamento que las sierras quieren
contarle a los puntanos.
Hay una leyenda que cuentan los viejos,
que por larga senda de riscos, de arena, de piedra,
un joven de gallarda estampa llegó a estas tierras,
y cuál a un árbol se pega a una hiedra
uniose a una China de mirar tan fiero
como el de los pájaros del malahuero.
Tan perra ella le volvió la vida
que salió a los campos
a invocar los santos
pa”que le sacaran sus penas de adentro.
Su hada bondadosa
lo transformó en viento,
y él por desquitarse de su antigua hembra,
pidió ser tan frío que quemara por fuera
y un ulular de llanto por esa quimera.
Así nació el viento
que azota mi tierra,
que árboles voltea
y que en su furia parece arrastrar a
el odio que encierra por la china aquella.
A poemas escritos con lo mas profundo del espíritu, con las fibras mas íntimas, con los sentimientos mas íntimos, hay que apreciarlos de la misma manera. Y decir como si para uno fuera, que los he gozado como se aprecia una puesta de sol, un amanecer callado y vibrante.
Son buenos estos versos de Carlos Moyano del Barco, son íntimos, nos hablan de penas muy tristes y de amores muy felices. Son algo así como el balance poético de una vida que tuvo muchos pesares, que tuvo muchos anhelos, amores, gozos. Que tuvo de todo.
Los versos son metáforas y estas abundan, muy bellas en estos poemas, y nombro al azar: “me llueven gotas de sonidos vegetales”; “la soledad es una grieta en el canto de los pájaros”; “ mis manos desiertas abatidas y graves”; “y yo te enviaba palomas/ palabras que se escapaban”............
Me hacen recordar al Neruda de sus poemas de amor, a Miguel Hernández, a Nicolás Guillén. Son versos sonoros, vibrantes, precisos y golpeantes. Me hicieron sentir muy bien leyéndolos en voz alta como le gusta decirlos al poeta con su voz sonora y recia.
¿Qué más? Leerlos y gozarlos.
Miguel Bravo Tedin
Escritor, Ensayista
Miembro de la Academia Nacional de la Historia
La Rioja, septiembre 2007
El libro de poemas..."y yo te enviaba palomas, palabras que se escapaban....” de Carlos Moyano del Barco, nos introduce a través de elementos sensoriales y desafiando normas clásicas en una magnitud trascendente.
Su contenido casi intimista, diríamos a su experiencia individual, apunta sin embargo a una dimensión de orden universal.
Busca el ámbito donde la paz sea la grandeza de su profundidad humana. Por ello la figura de la madre es la estrella polar que guía su velero, cuando dice "¡madre ayúdame! estés donde estés, ¡madre ayúdame! no me dejes solo", como un navegante que mira siempre el mas allá pero añorando su niñez para con ese amor inundar su vida.
Quienes transitamos los senderos de la poesía, con sus espacios de sueños y fantasías volamos como los pájaros planeando en el horizonte para conservar el punto definido del éxtasis maravilloso que solo posee el ser humano, simple y soñador como es él, como es su poesía.
Si buscamos en lo recóndito de sus poemas hallaremos al hombre, al bohemio, al buscador del pan y del amor hecho canto y admirablemente veremos transitar lo retrospectivo de su vida.
Así vemos en el poeta Carlos Moyano del Barco a un hombre con alma de niño que nos devela los secretos mas profundos de su espiritualidad.
Ricardo Nallar- Escritor - Campo Santo - Salta
Septiembre- 2007
Una vez mas, los poemas de Carlos Moyano del Barco me asombran, me conmueven.
Sus versos son él mismo, con sus vivencias, sus pasiones, sus recuerdos. Hablan de la vida, de su infancia, de sus amigos, de sus amores. A veces en la exaltación de un ideal, otros con el sentimiento partido ante la ausencia de los sueños que quedaron abandonados a la orilla de otro destino.
Por los caminos del alma, encontramos al poeta, al hombre que ama y renace, que crece y trasciende, aquel que una y mil veces se echa a volar, buscando en el infinito la senda que lo llevara hacia la eternidad. La poesía es su pasaporte. No tengo dudas que un cortejo de luciérnagas alumbraran sus noches y un centenar de ángeles repetirán sus versos, porque el ira como en sus sueños "por los senderos del viento, navegando en un cometa y en busca de las estrellas" Uno de los grandes poetas argentinos.
Olga Ledín
Escritora – Directora de la Biblioteca de Capilla del Monte
Septiembre de 200